jueves, 17 de agosto de 2017

LA LEYENDA DEL CACUY

Sonko y Huasca eran hermanos. Habían quedado huérfanos hacía muchos
años, y desde entonces vivían solos en la selva; habitando el rancho que
fuera de sus padres.
Sonko era el menor. Alto, fornido y muy trabajador, poseía un corazón tierno,
cuyo cariño se volcaba en su hermana, a quien quería como a la madre que
perdiera siendo niño.
Pero Huasca no retribuía ese afecto. Por el contrario, siempre se mostraba
agresiva con el buen hermano, disputaba con él, lo maltrataba y le hacía padecer
en toda ocasión la perversidad que la dominaba.
A pesar de ello, Sonko seguía profesando un profundo cariño a esta hermana
cruel.
Tanto la quería, que al ver los jugosos frutos maduros sólo tenía un pensamiento:
recogerlos para Huasca.
Así lo hizo ese día. De vuelta al rancho, cortó los más dulces y sabrosos, los
depositó en un canastillo de fi bras de yuchán, que él mismo fabricara, y feliz y
contento con el tesoro obtenido, corrió hasta su choza a fi n de entregarlos a la
ingrata.
Mientras corría, pensaba:
“¡Que contenta se pondrá Huasca! Ella habrá preparado la comida para mi
almuerzo, pero yo, en cambio, le regalaré estas hermosas chirimoyas y estas
sabrosas algarrobas. ¡Mi hermana es tan golosa! ¡Si su corazón fuera más dulce
conmigo! Porque con los demás es muy buena y es cariñosa... Solo conmigo
es brusca y es mala.”
Se detuvo un momento, para comprobar que las frutas no sufrían con la
carrera, y continuó sus refl exiones:
“¿Por qué Huasca se mostrará tan dura conmigo? Pero... ¡no importa! Yo
conseguiré que me quiera. Con mi cariño lograré el de ella.”
Ilusionado por su fe llegó a la choza. Al lado de ésta había un telar rústico,
con una manta de vivos colores empezada. Ello le demostró que Huasca había
estado trabajando.
Una canción muy suave le llegó desde el interior del rancho. Era su hermana
que cantaba.
Alentado y gozoso, al pensar en el regalo que le traía, llamó con voz dulce:
—¡Huasca!... ¡Huasca!... ¡Hermanita!...
Una linda doncella de piel cobriza apareció en la puerta de la choza. La
canción se había apagado en sus labios, y una mirada hosca, cargada de rencor,
acompañó a sus palabras. Dirigiéndose a su hermano, le respondió en el más
brusco de los tonos:
—¡Qué quieres!
Sonko sufrió un desencanto. Le pareció que su corazón se achicaba y le dolía
al sentir el desprecio de la perversa doncella. Sin embargo resistió el dolor y
nada dijo. Él se había propuesto conquistar el afecto de su hermana y no abandonaría
la empresa al primer contratiempo.
Con suave voz y tierna expresión, le dijo:
—Mira, golosa, mira lo que he traído para ti
Al mismo tiempo abrió la cesta cargada de apetitosos frutos, y al verlos, la
mala hermana sólo supo exclamar:
—¡Chirimoyas y algarrobas! ¡Cómo me gustan!
Sin una frase de agradecimiento al pobre muchacho, le arrebató la canastilla y
entró en el rancho.
El hermano la siguió. No agregó una sola palabra y se sentó dispuesto a almorzar.
En una vasija de barro, la mazamorra se cocinaba al fuego.
Tomó un “puco”, y ya iba a llenarlo con el sabroso alimento, cuando su hermana
lo detuvo dándole un manotón, al tiempo que le gritaba airada:
—¡Deja eso! ¿O crees acaso que yo cocino para ti? ¡Poca comodidad sería!
¡Pasar la mañana fuera y volver cuando ya está todo hecho! ¡Cuando no hay más
que estirar la mano para servirse!
Y, dominante, agregó:
—¡Retírate turay! ¡Cacuy turay!
—Pero... Huasca... Yo también he trabajado. He estado recogiendo miel de
lechiguana y labrando la tierra para sembrar... Y ¿quién si no yo cuida nuestra
majadita de cabras?
Con el tono más humilde continuó:
—Anda, sé razonable... Sírveme un poco de mazamorra y dame un trozo de
patay...
—¡Ya he dicho que no! Si quieres comer, tú te lo has de preparar. ¡Esto es
mío! ¡Cacuy turay! ¡Cacuy turay!
—Dame entonces unas chirimoyas de las que traje...
—imploró el muchacho.
—Ni una. Para mí dijiste que eran y yo las comeré — terminó infl exible Huasca.
Triste la miró Sonko. Sus ojos brillaron colmados de lágrimas; pero nada respondió.
Cabizbajo salió del rancho. ¿Cómo era posible que su hermana le negara una
porción de mazamorra o un trozo de patay cuando él trataba siempre de complacerla?
¿Por qué sería así su hermana? ¿Qué podría hacer él para corregirla?
Sus esperanzas de dulcifi car el corazón de la perversa iban perdiendo fuerza.
Se sentía incapaz de continuar. Sin embargo, haría una última tentativa.
Ese día lo pasó vagando por el bosque y alimentándose con frutas silvestres.
Entrada la noche, volvió al rancho y se acostó. Una idea fi ja le impedía conciliar
el sueño: cómo lograr el afecto de su hermana.
Por fi n, el cansancio lo venció y se quedó dormido.
A la mañana siguiente, muy temprano, volvió a salir de la choza.
Llevaba la intención de conseguir, para su hermana, algo extraordinario, algo
que le agradara mucho...
Sonko pensaba:
“Tal vez así, con una dedicación y un deseo de complacerla cada vez mayores,
llegará un día en que Huasca corresponderá a este hondo cariño que por ella
siento. ¡Qué felices seremos entonces!”
Levantó sus ojos al cielo y, como si hablara con alguien, continuó:
“Viviremos unidos por un afecto profundo y nuestros padres nos bendecirán
desde la estrella donde están ahora...”
A su paso, un ave asustada levantó vuelo. Tan preocupado iba, que apenas
prestó atención a este hecho. Tampoco oía el coro de los pájaros que a esa hora
era una gloria.
Persistía en su mente la misma idea: merecer el cariño de su hermana.
De pronto, un fruto hermoso llamó su atención. Su color su brillo y su tamaño
lo hacían resaltar entre todos los otros.
¡Ése sería el regalo para su hermana!
Pero, ¡qué alto estaba! Le costaría alcanzarlo... Mas, ¿qué importaban las difi -
cultades cuando el premio iba a ser tan maravilloso?
Y ya no pensó más. Aunque los riesgos eran muchos, lo alcanzaría.
Con la agilidad de un muchacho acostumbrado a trepar árboles y a escalar
montañas, Sonko apoyó en una rama baja sus pies calzados con ojotas, y ayudándose
con manos, brazos y piernas fue subiendo... subiendo...
Las espinas y las ramas secas arañaban su piel y desgarraban sus ropas. Pero
nada importaba. Lo esencial era llegar hasta el hermoso fruto que se ofrecía allá
en lo alto.
Continuaba entusiasmado la ascensión, cuando lanzó un grito. Una enorme
espina se había clavado en su carne. El dolor que le producía era tan intenso
que no le permitía sostenerse con la mano herida.
Trató de arrancarse la espina, pero fue en vano. La mano comenzó a hincharse
y a tomar un feo color morado.
Debía darse por vencido y abandonar la empresa. Resuelto ya, comenzó a descender.
Una vez en tierra, observó la herida con detención. En un último esfuerzo,
arrancó la espina, y la sangre brotó de la lastimadura. Se sintió desfallecer. Su
cabeza ardía y tenía la garganta seca.
Con las fuerzas y la desesperación que le prestaba su estado, corrió a la casa.
Su hermana sabía preparar un bálsamo con las hojas y las fl ores del molle... Ella
lo curaría y le daría de beber.
Ya le faltaba poco... un último esfuerzo y llegaría a su rancho.
De lejos divisó a Huasca trabajando en el telar. Cuando estuvo delante, le
suplicó:
—¡Huasca, por favor! Quise traerte un fruto hermoso que vi en el bosque
y cuando ya creía alcanzarlo, una espina que se clavó en mi mano me impidió
lograr mi deseo. Huasca, hermanita, ¡sufro mucho y tengo sed! ¡Alcánzame un
poco de agua!
La hermana se levantó de inmediato. Lo tomó de un brazo y lo ayudó a sentarse.
—¡Oh!, turay... iCómo tienes la mano!; Yo te la curaré y traeré agua y miel para
apagar tu sed.
Así diciendo, corrió al interior del rancho, y llevando en sus manos un cántaro
de barro, fue a una vertiente cercana para llenarlo con agua fresca.
Sonko creía soñar. Mentira le parecía la dedicación de la hermana. Llegó a
bendecir la espina que, al herirlo, le había permitido gozar del cariño y de los
cuidados de su querida Huasca.
Corriendo volvió la doncella. Con la carrera el agua que llenaba el cántaro
saltaba y caía al suelo salpicando sus piernas desnudas.
Entró al rancho para buscar un “puco” con miel. Con ambas manos ocupadas
se presentó ante Sonko.
La ansiedad y el reconocimiento se pintaron en el rostro del hermano. Un
dulce bienestar lo invadió al oír que Huasca le decía con dulzura:
—¡Pobre turay! Hermanito..., ¿sufres? ¿Tienes sed? Aquí hay yacu-chiri y miel
en abundancia, ¿las ves?
Hizo una pausa, y cambiando dé expresión y con la voz ruda de otras veces,
agregó:
—¡Pero no son para tí! ¡Prefi ero dárselos a la tierra!
Y al tiempo que, ante los ojos azorados del muchacho, volcaba el contenido
de las dos vasijas, lanzando una carcajada estridente y burlona, continuó:
—¡Anda tú!... ¡Anda a la vertiente, que allí el agua sobra!... ¡Allí podrás tomar
toda la que quieras!
Esto bastó para que el carino que sentía el muchacho se trocara en un odio
intenso contra la perversa hermana.
Un sentimiento de venganza nació en él, tan profundo y persistente, que ya no
lo abandonó.
Arrastrándose casi, llegó a la vertiente. Se echó en el suelo y con avidez bebió
el líquido fresco.
Sumergió en el agua la mano herida y se sintió mejor. Un suave sopor lo invadió
y a la sombra de un árbol corpulento se quedó dormido.
Cuando despertó, el sol se escondía tras los cerros veci-nos. Se levantó y caminó
unos pasos. El dolor de la herida persistía.
Decidió ver a la curandera para pedirle algo que aliviara su mal. Y echó a andar
en dirección a lo de la “médica”.
El canto de los pájaros no se oía ya. Los rumores de la selva se habían apagado.
Una estrella lejana brilló en el cielo. La media luz del crepúsculo, con refl ejos
rojos de incendio, iluminaba la paz de la tierra.
Sólo en el alma del pobre turay rugía, como una tormenta, la venganza.
Con conocimientos de heridas y emplastos, el muchacho curó. A los pocos
días estuvo completamente bien.
¡Cómo había cambiado Sonko! La mirada, antes tierna, era ahora hosca y dura.
Su voz había perdido la dulzura de otros días.
Callado y taciturno, continuaba preparando sus planes.
Un día, de vuelta del valle, a donde llevara la majadita de cabras, se dirigió muy
resuelto al rancho. Iba a poner en práctica su idea de venganza.
Fingiendo sentiminetos que ya no sentía, y con la misma voz de pasados días,
llamó a su hermana:
—¡Huasca!... ¡Hermanita! He encontrado para ti algo que te va a dar un gran
placer, golosa.
—¿Qué es, Turay?
—Una colmena. Si te animas y me acompañas, toda la miel será para tí. La
recogeremos y en varias vasijas la traeremos a casa. ¿Me acompañas?
—¡Sí! ¡Sí! En seguida. Ya lo creo que te acompañaré a buscar miel. ¡Se me hace
agua la boca!
—No olvides de llevar un poncho para envolverte la cabeza. Ya sabes que las
abejas no abandonan de buen grado la colmena y te picarán sin piedad.
Muy preparados se fueron los dos hermanos. Caminaron entre plantas hermosas
de grandes hojas y perfumadas fl ores. Los piquillines y los mistoles les
ofrecían sus frutos dulces. La exuberante vegetación de la selva era allí un maravilloso
espectáculo.
Al Ilegar a un claro del bosque, el hermano se detuvo.
—Aquí es —le dijo—. Envuélvete la cabeza con el poncho, defendiendo tu
cara de las picaduras de las abejas. ¿Ves ese árbol tan alto? En la cima está la colmena.
¿Te animas a subir?
—Ya lo creo. Tú me guiarás, pues yo no veré muy bien con mis ojos cubiertos
con el poncho.
—No tengas cuidado. Yo te conduciré — la conformó su hermano.
Con mucho trabajo fueron subiendo al árbol que era el de mayor tamaño del
lugar.
Una vez que hubo instalado a la hermana, sentada en una horqueta, en lo más
alto de la copa, Sonko, fi ngiendo acercarse a la colmena, sacó de su cintura un
hacha y comenzó a descender cortando las ramas que abandonaba.
Así dejó el tronco liso y sin puntos de apoyo para que no pudiera bajar la infeliz
Huasca.
Ella, confi ada y ajena a lo que sucedía, esperaba que su hermano le indicara la
tarea a cumplir.
Cuando Sonko llegó a tierra, se alejó del lugar dejando abandonada y sin defensa
a la ingrata hermana.
Pasados algunos instantes, y en vista de que no oía al muchacho, Huasca empezó
a temer.
Apartó el poncho de su vista, y lo que vió le hizo temer algo desagradable.
Anochecía y su hermano había desaparecido. Lo llamó, primero tranquila, pero
al no obtener respuesta, el miedo la dominó.
Con tono quejumbroso y desesperado, que era un lamento, gritó:
—¡Tutay! ¡Turay!
Pero el hermano no apareció. Con gran sorpresa de su parte, sintió que sus
miembros se endurecían, que toda ella cambiaba de forma y su cuerpo se cubría
de plumas. En pocos instantes quedó convertida en un ave cuyo grito lastimero
se oía en la quietud de la hora.
—¡Turay! ¡Turay!
Y como recordando la orden que le daba de continuo, repetía:
—¡Cacuy turay! ¡Cacuy turay!
Desde entonces, este llamado, que es un doloroso recuerdo, un verdadero lamento,
y que tal vez sea un grito de arrepentimiento, se oye al anochecer, cuando
el cacuy se acuerda que fue una hermana cruel y perversa.
Así llama al hermano para pedirle perdón:
—¡Turay!... ¡Turay!...
Y vuelve a repetir como en otros días:
—¡Cacuy turay!... ¡Cacuy turay!...
Los que, al anochecer, oyen el grito de esta ave, se estremecen, pues creen
escuchar el grito lastimero de una persona. Tal es su parecido con el gemido
humano.

LA LEYENDA DEL CRESPIN


cuenta la leyenda del crespín era un criollo bueno y trabador, que prefería la vida sencilla y sobria. en cambio, a durmisa, su esposa, le gustaban mucho las fiestas y la música, y sobre todo el baile.
sucedió un año, de cosecha muy abundante, que crespín tuvo que trabajar de sol a sol para poder terminar la siega y la trilla. y fueron muchos días; tantos, que a crespín le parecieron uno por cada espiga de trigo de campo. unatarde llego a su rancho muy cansado y sintiéndose enfermo a causa de tanto esfuerzo. durmisa no le presto atención; estaba ocupada bailando.
-estoy enfermo y tengo que terminar con la cosecha -dijo crespin-. por favor, ve al pueblo y tráeme medicina, para poder levantarme mañana y seguir con el trabajo.
durmisa no le dio mucha importancia, pero dejo su danza y partió hacia el pueblo. en el camino se encontró con un baile, donde todo el mundo festejaba la terminación de la cosecha. y no bien oyó la música de una zamba, olvido a su esposo. sin poder contenerse, comenzó a bailar, una y otra zamba, y ya no pudo parar mas. entonces vinieron a avisarle que crespin se encontraba moribundo.
-la vida es corta para divertirse y larga para llorar -contesto ella sin preocuparse, y siguió bailando.
terminada la fiesta, durmisa volvió a su casa. crespin no estaba allí. lo busco por los alrededores, y nada. llena de remordimiento, atravesó el trigal sin dejar de llamar a crespin hasta casi quedarse sin voz. con el ultimo aliento, enloquecida, durmisa pidió a dios que le diera alas para seguir la búsqueda, sin saber que crespin había muerto esa noche y que unos vecinos piadosos lo habían velado y enterrado. y así convertida en pájaro, todavía sigue buscándolo por los tráigale dorados de sol, llamando y llamando a crespin.

LEYENDA DEL GUAJOJÓ

Erase una joven india tan bella como graciosa, hija del cacique de cierta tribu que moraba en un claro de la selva. Amaba y era amada de un mozo de la misma tribu, apuesto y valiente, pero acaso más tierno de corazón de lo que cumple a un guerrero.

Al enterarse de aquellos amores el viejo cacique, que era a la vez consumado hechicero, no hallando al mozo merecedor de su hija, resolvió acabar con el romance del modo más fácil y expedito. Llamó al amante, y valido de sus artes mágicas le condujo a la espesura, en donde le dio alevosa muerte.

Tras de experimentar la prolongada ausencia del amado, la indiecita cayo en las sospechas y fue en su búsqueda selva adentro. Al volver a casa con la dolorosa evidencia, increpo al padre entre sollozo y sollozo, amenazándole con dar aviso a la gente del crimen cometido.

El viejo hechicero la transformó al instante en ave nocturna para que nadie supiera lo ocurrido. Pero la voz de la infortunada paso a la garganta del ave y a través de esta siguió en el inacabable lamento por la muerte del amado".

LA LEYENDA DEL SILBACO

La leyenda del silbaco es muy conocida y relatada sobre todo en la región chaqueña. En la antigüedad fue muy comentada en el ambiente campechano. Anécdotas temerarias y tétricas convencían a cualquier incrédulo. Se trata de un ave nocturna que le atraen los movimientos de las personas a altas horas de la noche, se dice también que se aproxima a las fiestas y al ruido.
Según el escritor René Aguilera Fierro de quien recuperamos el relato, el silbaco  se presenta con su rígida personalidad. “El silbaco nunca ha sido visto, no es visible a simple vista, es imposible verlo ni siquiera a la luz de la luna”, afirma el escritor y cuenta que su curiosidad lo lleva hasta las proximidades de los pueblos rurales.
Dicen que es huraño y de vuelo veloz, puede silbar aquí e inmediatamente estar silbando en otro lugar. Emite un silbido profundo, largo y penetrante, es quejumbroso en las noches. Vive entre los árboles del monte.
Es por eso que en muchas ocasiones incluso en Tarija se temía caminar por el campo llegada la noche. “El silbaco es una leyenda pero no podemos decir a ciencia cierta que es falsa, muchas veces creo haberlo escuchado y me eché a correr”, manifestó Guadalupe León, residente chaqueña.
Aguilera relata que quién lo escucha, presa del miedo se persigna, no hay manera de liberarse de su presencia. Según la creencia popular, se trata de un alma en pena. Sobre el silbaco se ha tejido una serie de supersticiones. Guadalupe cuenta que suele aparecer buscando  a su esposa con su característico silbido penetrante. Otros afirman haberlo escuchado en los parajes solitarios y campechanos de Tarija, sin embargo la leyenda es más fuerte en el Chaco.
“Yo soy taxista y vivo por San Luis temporal, a las 10 de la noche dejo mi taxi en San Gerónimo y me voy caminando para ahorrar y aunque nunca lo vi cuando es muy de noche recuerdo la leyenda e inmediatamente una rara sensación viene a mi cuerpo. Muchas veces  escuche un silbido lastimero y cuando esto pasa yo me apresuro calladito y me persigno”, relató Juan Gutiérrez quien vivió por 20 años en Villa Montes.

Leyenda recuperada por el escritor  tarijeño René Aguilera Fierro
Todo comenzó en un alejado pueblito del Chaco en una pequeña comunidad donde cuentan que un muchacho alegre y trabajador, siempre diligente para con los demás, había heredado el oficio de leñador. La leña era transportada a lomo de burro para su venta en los pueblos más próximos; Pedro tenía la costumbre de silbar mientras caminaba o trabajaba, se distraía silbando para olvidarse del tiempo o para acortar la distancia, a veces, mitigaba alguna pena; silbaba sin esperanza, pero siempre silbaba.
Se dice que cierto día conoció a una muchacha, de la cual se enamoró perdidamente, amor que fue correspondido a plenitud. Pedro gustaba ofrecerle serenatas con canciones de su propia inspiración, o simplemente, al retornar de su faena, la despertaba en las noches con su inconfundible silbido. Al poco tiempo contrajo matrimonio en la parroquia del pueblo vecino; formaron una pareja muy feliz; eran el uno para el otro, Pedro era feliz en su trabajo, disfrutaba salir al monte y retornar con su carga de leña; días enteros se quedaba en el bosque cortando leña, que entregaba en las primeras horas del día siguiente. La rutina de tales faenas fue alegrada con el nacimiento de su primer hijo, situación que unió más a la pareja. A pesar de los múltiples quehaceres del hogar María, la esposa de Pedro, siempre estuvo atenta a su marido, se preocupaba de llevarle el almuerzo hasta el mismo lugar de trabajo.
En los ratos de descanso, María le recordaba que debían bautizar a su pequeño hijo. Pero los días pasaron rápidamente que, por descuido o ignorancia, no fueron a la parroquia; por el contrario, Pedro tuvo la ocurrencia de ministrarle el sacramento bautismal a su hijo, el suceso no cobró mayor significación.
Pasado un tiempo, llegó una hija a la familia, el tiempo pasaba, y entre negativas e invocaciones, María de nuevo fue convencida por su esposo y Pedro bautizó a su hija.
Los niños crecieron y se desarrollaron en contacto con la naturaleza, con el aire fresco de las mañanas, con el trino de los pájaros y el mugir de las vacas. La familia vivía dedicada a los trabajos del campo. El tiempo había pasado, los niños crecían, los gastos eran mayores, por lo que Pedro tuvo que redoblar sus esfuerzos. La leña era cada vez más solicitada en el pueblo y la extracción era a mayor distancia.
Después de varios años de comprensión y cariño hogareño, todo hacía prever un desenlace feliz, tenían desahogo económico y se permitían un cierto ahorro, gozaban de prestigio y respeto en la comunidad. Sin embargo, Pedro continuaba extrayendo leña del monte, pero también cultivaba su potrero, en su ausencia. María se hacía cargo de las tareas que le dejaba su esposo. Los niños habían crecido y ahora eran los encargados de llevar las viandas alimentarías de Pedro.
En cierta ocasión, le reclamó a su esposa por la escasa ración que le había enviado, lo que fue subsanado con el doble de lo acostumbrado, pero con el correr de los días. Pedro volvió a reclamar, y lo hizo una y otra vez para que se le aumentara la ración, llegó al extremo de recibir dos ollas con capacidad suficiente para varias personas, con lo que tampoco pudo saciar su hambre, decía en son de broma que se le había despertado un apetito voraz y desmedido.
Pedro, era conocido con el sobrenombre del “Silbaco”, por su manía de silbar, este voraz apetito por la comida despertó preocupación entre sus amigos y familiares, así como el cambio de conducta que presentaba. Se volvió triste, taciturno, melancólico; poco conversador y casi huraño. Se pasaba el tiempo en el monte cortando leña o cultivando la tierra, acompañándose con su silbido fuerte, delgado e interminable. María sentía una gran pena, estaba preocupada por el estado de su esposo; Pedro objeto de fuertes depresiones, padecía frecuentemente “mal de ojos”, se lamentaba por el estado de su vista, sus ojos casi siempre estaban enrojecidos y lagrimosos.
Había adelgazado notablemente, su palidez era notoria, daba la impresión de que hubieran aumentado de tamaño sus ojos, se hubieran caído sus hombros, las manos le llegaban por debajo de las rodillas. No se hartaba con nada, dos gallinas cocidas y una gran olla de comida era poco. Se pasaba el tiempo comiendo y masticando todo cuanto encontraba a su paso. Finalmente, prefería quedarse en el monte, decía tener vergüenza de su lamentable estado; esporádicamente se quedaba a dormir en el bosque, luego lo hizo con mayor frecuencia, decía que disfrutaba del paraje distante y solitario, además se disculpaba aduciendo que había mucho trabajo. En un momento de franqueza, confesó a su esposa que estaba avergonzado de si mismo, que no quería dejarse ver con otras personas.
De este modo, María con ayuda de sus hijos trasladaban la leña al mercado del pueblo, mientras él permanecía prácticamente aislado, evitando dejarse ver durante el día.
Fue al inicio de esta extraña enfermedad que nació su tercer hijo, con desgano, negó que el niño fuera bautizado por el cura párroco, una vez más, Pedro bautizó a su hijo, haciendo caso omiso a los ruegos de su esposa.
Cierto día, dos de sus hijos, como de costumbre le llevaron el almuerzo, a lo lejos divisaron la silueta de su padre, se encontraba descansando a la sombra de un árbol, lo llamaron a voces para que se sirva sus alimentos, al no recibir respuesta, creyeron que se encontraba dormido, sigilosamente se acercaron, pero lo que vieron fue horrible, ahí estaba Pedro, tendido en el suelo, roncando espantosamente, mostraba tan solo una pierna y un brazo, sujetos al tronco de su cuerpo que sostenía una cabeza deforme roncaba, gruñía y silbaba. Los niños asustados se dieron a la fuga, corrieron desesperadamente hacia su casa. La madre no podía dar crédito a lo informado por sus hijos, era una desgracia, un castigo, una maldición divina. Sin embargo, la buena señora pudo serenarse y optó por ir al pueblo y contarle al cura lo narrado por los muchachos.
Al caer la tarde, María se encaminó al pueblo, mientras tanto en su casa, los vecinos sintieron bullicio en su casa, los que acudieron para enterarse de lo que ocurría, cuentan que vieron un espectáculo descomunal, impresionante, espeluznante e irreal. Pedro se abalanzaba sobre las gallinas, las despedazaba, las engullía, acuchillaba a los cerdos, era una locura de hambre y sed, era una horrible pesadilla. Pedro no tenía realmente una pierna y un brazo, sus movimientos eran grotescos, saltaba, gritaba, gruñía y llamaba a su esposa e hijos. La gente despavorida, llena de pánico corrió hasta sus hogares para protegerse de la demoniaca aparición.
A pesar de todo, hubo quienes no llegaron a verlo, por ello, jamás llegaron a creer plenamente en lo que se cuenta.
Después del desastre en su casa, Pedro comenzó a correr en dirección del pueblo, fue detrás de María, su esposa e hijos, María sintió la voz de su esposo que la llamaba, su primer impulso fue esperar a su esposo, pero un extraño escalofrío se apoderó de ella y, suponiendo lo peor al borde de la tarde, apresuró el paso, el bebé en brazos le dificultaba avanzar con mayor rapidez, los gritos de Pedro eran cada vez más nítidos y cercanos, la llamaba, le imploraba su presencia. Apresuró la marcha hasta llegar al pueblo, allí se puso en contacto con el cura.
El sacerdote recibió la confesión de María, pero era de su dominio todos los antecedentes de la familia, particularmente sabía que Pedro había bautizado a sus propios hijos, dijo que esta actitud era razón suficiente para la condenación del alma, rogó para que Dios se apiade de él, inmediatamente le ministró la bendición, puso óleo y bautizó a los niños en medio de sollozos y terror.
Al poco rato, golpes y gritos inundaron las puertas del templo, ruidos que más parecían importados del infierno, se multiplicaban por las silenciosas y solitarias calles del pueblo. Era Pedro que intentaba derrumbar la puerta de la iglesia, ingresar y devorar a su esposa.
El sacerdote indicó a María que a tiempo había acudido a la casa de Dios, gracias a ello se salvaría de ser devorada por el condenado. El cura y varios vecinos, estudiaron la situación y decidieron tomar medidas con el condenado, de inmediato, los más diestros en el manejo del lazo, detuvieron al desfigurado Pedro, lo sujetaron a un poste próximo al templo. Vanos fueron sus intentos por librarse de las ligaduras, la gente se aglomeró y ayudó en cuanto pudo, estaban ante el representante del averno. En unos minutos se juntó leña, ramas secas y prendieron fuego a la hoguera. El religioso, mientras oraba, rociaba agua bendita al condenado que padecía la pena del fuego. Lo que ocurrió luego, fue algo nunca visto hasta entonces. Pedro, mitad cuerpo, ardía como una antorcha entre el bullicio y asombro de la concurrencia. De pronto, el infortunado hombre calló sus lamentos, sus gritos, sus maldiciones, su dolor. El resto pertenece a la leyenda.
Se dice que el infortunado leñador se transformó en una pequeña y frágil avecilla de color blanco, dio un revoloteo alrededor de la hoguera, levantó vuelo y se perdió en la noche emitiendo un delgado silbido, largo, profundo, penetrante, electrizante. Los pocos testigos, no salían de su asombro cuando volvió a silbar de alguna otra parte, aunque no vieron nada, echaron a correr a sus casas, mientras las últimas brazas de los troncos se convertían en más silbacos. Personas del pueblo de Pedro, contaron que esa noche sintieron el silbido característico, silbido que pasaba y repasaba por la única calle del pueblo, se dice que duró toda la noche, se repitió las siguientes y subsiguientes, silbaba y revoloteaba en la que fuera su casa, su hogar y su felicidad.
María y sus tres hijos partieron hacia un lejano lugar donde nadie los conociera, jamás se supo donde radicaron y vivieron el resto de sus días. Alrededor de estos sucesos; la gente chaqueña, cuenta esta historia fantástica en las noches cuando se reúnen alrededor de un brasero o de un fogón. Los ancianos aseguran que es malo y peligroso imitar el silbido del Silbaco, porque en su enojo deja caer un montón de huesos humanos sobre la persona que se permite imitarle, además, estas personas pierden el conocimiento por el susto, se desangran y producto del miedo, se dice, los oídos revientan.
Imitarle, es exponerse a perder el habla, quedarse tartamudo o exponer la vida por un ataque al corazón. En ocasiones cuando se le escucha silbar muy próximo, era mejor quedarse quieto, persignarse o decirle respetuosamente en voz baja:
- Pedro, por aquí no anda María

miércoles, 16 de agosto de 2017

HISTORIA DE LA CUEVA



La Cueva es una pequeña comunidad (o cantón) rural de la Provincia Burdet O'Connor del Departamento de Tarija (Bolivia). Está ubicada a 45 kilómetros de Entre Ríos, capital de la provincia, y a 145 kilómetros de la ciudad de Tarija, capital departamental. Se localiza a orillas del Río Salinas, afluente del Río Tarija.es

Origen popular del nombre
Este lugar se lo conoce como La Cueva gracias a una creencia popular: Años atrás, mientras este lugar apenas era habitado por pocas personas, entre ellos criollos e indígenas, un cazador perseguía una Corzuela. Hizo lo posible por poder cazarla, con su machete en la mano, se deshacía de las ramas molestas que le impedían divisar la corzuela. Y seguía persiguiéndola, hasta que de repente, tras de unos árboles, el cazador descubrió una hermosa cueva, que de sus lajas brotaban hilos e hilos de agua. Dentro de ella, se hallaba una cruz de madera perfectamente tallada. Cuando corrió la voz, los habitantes del lugar se apuraron a construir una pequeña e humilde ermita al lado de aquella cueva, como símbolo de fe a Dios. En aquella ermita, los habitantes custodiaban la gran cruz que el cazador encontró. En tiempos de sequía, los paisanos, cargaban con la cruz y la paseaban por sus campos, para que así, Dios permita que la lluvia vuelva a caer sobre sus tierras.
Hoy en día esta cruz se la puede encontrar en la Basílica de San Francisco, en la ciudad de Tarija.
Historia
Vista sur del Río Salinas desde el puente "El Vado de los Tacos"
El actual lugar de La Cueva, fue originalmente habitado por el Pueblo Indígena Guaraní, razón por la cual, la región fue la primera Misión Jesuítica del sur del país. Más tarde el lugar fue habitado por españoles y descendientes de españoles (criollos), hasta que el pueblo guaraní fue menguando dando lugar a la desaparición completa en el lugar.
Geografía, flora y fauna
La comunidad de La Cueva, está situada en dos ámbitos geográficos, dentro del Bosque Tucumano-Boliviano y del Gran Chaco (en lo llamado "Monte Bravo"", Chaco húmedo o "Chaco Serrano"). Se podría describir La Cueva como un gran valle extenso a lo largo y a lo ancho, atravesado por un río, el Salinas. De las serranías que rodean La Cueva caen muchas quebradas, arroyos y riachuelos, que finalizan en este río.
En lo más profundo del monte de La Cueva podemos encontrar animales grandes como el Jukumari (Tremarctos ornatus), el Jaguar (Panthera onca), el Puma o león americano (Puma concolor), el Carpincho (Hydrochoerus hydrochaeris), la Anta (Tapirus terrestris), Corzuelas (Mazama americana), Osos bandera (Myrmecophaga tridactyla) y Quirquinchos (Dasypodidae).
Estos animales la mayoría de veces huyen a las personas, prácticamente no se acercan. Pero se sabe de varios casos que el Puma (conocido como León en el lugar) y el Jaguar (conocido como Tigre en el lugar) bajan a comerse el ganado de los lugareños (bovinos, ovinos...), por eso son objetivos de caza.
En el Salinas y en algunas quebradas se pueden observar peces como el Bagre (Siluriformes), la Churuma o Vieja, el Bagre Sapo (Rhamdia quelen), el Sábalo (Prochilodus lineatus) y años atrás se podía observar gran cantidad de Dorados (Prochilodus lineatus), hoy en día su población ha reducido considerablemente debido a su pesca masiva ya que su carne es muy reclamada en la gastronomía del lugar.
Se pueden encontrar una variedad inmensa de aves, las cuales destacan el Tucán (Ramphastos toco), el Chajá (Chauna torquata), el Tero-tero (Vanellus chilensis), el Tostés o Bandurria (Theristicus melanopis melanopis), la Gallareta (Fulica leucoptera), El Kakuy (Nyctibius griseus), garzas, búhos...
También hay una importante y elevada presencia de ranas y sapos (en las charcas, quebradas, lagunas...) y lagartos y lagartijas.
En el lugar crecen árboles como el Lapacho (Handroanthus impetiginosus), el Algarrobo (Prosopis nigra), el Ceibo (Erythrina crista-galli), el Timboy o Pacará (Enterolobium contortisiliquum), tuscas, helechos, zarzas, nogales, guayabillos, pucas, talas, etc.
Cultura
La cultura cueveña, se caracteriza por ser del estilo gauchesca. Los componentes principales son la vida rural de la llanura: transporte a caballo, tomar mate caliente, música interpretada con bombo, violín y guitarra, así como los valores de la solidaridad, la lealtad, la hospitalidad y la valentía de la gente. Algunas de las danzas y músicas más tradicionales e interpretadas en las festividades populares de la gente son: la Chacarera, la Cueca, Tonadas, Coplas, la Zamba, el Escondido, el Gato...






Subdivisiones de La Cueva

La Cueva se divide en cuatro sectores:
  • El Huaico del Tigre
  • El Fuerte Santiago
  • San Antonio
  • Capucol (CAñuelas, PUcará, COLmena)

 La Cueva ( Lugar poblado )
Departamento: Tarija  Provincia: Burnet O'Connor  Municipio: Entre Ríos
Latitud: -21.6833      Longitud: -64.2